Impactos Críticos: La amenaza del Kung Fu

En cuanto a jugadores munchkin, mi grupo tenía a uno que se llevaba la palma. De poderosa labia, ingenio agudo y una tremenda capacidad para descubrir los agujeros en las reglas y explotarlos en su provecho. Le encantaba retorcer las reglas y aprovechar los huecos en los que debe primar el sentido común para rellenarlos con sus ideas que por supuesto, le otorgaban una gran ventaja. Era muy difícil decirle que no, porque entre cosas era un tío más grande que yo, con cierta tendencia (y una gran habilidad) para la violencia física y a todos nos daba miedo. ¿Por qué jugábamos con él? Eso se lo contaré quizá en otro Impactos Críticos hablando de los extraños grupos disfuncionales que se forman alrededor de una mesa de juego. El caso es que casi siempre se salía con la suya.

El grupo de personajes para Dragonlance era bastante variopinto. Yo llevaba a una guerrera elfa a la que una tirada de dados había convertido en parte de la realeza (no os creáis que era tan bueno, que me quitaron un punto de Fuerza y otro de Constitucion para reflejar que había vivido entre almohadones). El resto del grupo lo componían un bárbaro humano con fuerza excepcional (18 / 83), un elfo guardabosques, y un minotauro... Seguro que podéis adivinar sin esfuerzo quién era nuestro munchkin. Pues si, el minotauro. Nuestro pobre narrador se había estrujado el cerebro tratando por todos los medios de encjar semejante puzzle. Al final, convenimos que mi personaje, hija rebelde de los gobernantes en Qualinost, había decidido explorar el ancho mundo de Ansalón. Para evitar que fuese sola a lo desconocido su padre había contratado a una serie de mercenarios que cuidasen de la vida (y la virtud, como nota cómica) de su hija. Al poco de abandonar semejante comitiva el bosque surgieron los primeros problemas en el juego en forma de bandidos. Problemas que pronto se trasladaron a la vida real...
-¡Bandidos!- grita la princesa. -¡Desplegaos!

El guardabosques saca sus espadas y se lanza sobre ellos, hiriendo a uno de gravedad. El bárbaro se encara con otro, pero la suerte le juega una mala pasada y no consigue impactar. La princesa se defiende como puede, espada en mano. En ese momento es el turno del minotauro.

-Bueno, ataco con mi mandoll que uso a la vez que mi katar y hago 4 ataques por asalto. - dice nuestro querido munchkin.

-A ver... eso no puede ser. - dice el master asombrado ante semejante capacidad destructiva de un personaje de nivel 1.

-Aquí pone que el mandoll y el katar se suelen llevar juntos, así que ataco con los dos.

-Se pueden llevar juntos, pero no significa que no puedas atacar a la vez... y además... eso serían 2 ataques, no 4.

-Es que llevo uno en cada mano. Y si pone que se pueden llevar juntos será para atacar con ambos. Además si que se pueden usar a la vez... mira... -el jugador aplica un golpe de kung fu al master imitando el movimiento de ataque con esas armas. Todos sentimos lástima por él pero callamos porque no queremos ser los siguientes. Sabemos como va a acabar la cosa...

-Bueno... -dice el dolorido master- Vale, vale... tira tus ataques...

El minotauro se encargó de todos los enemigos en los siguientes 2 asaltos. A partir de ese momento nos convertimos en espectadores en la partida, ya que este jugador lo hacía todo. Nuestros personajes eran el relleno mientras que su minotauro destrozaba un enemigo tras otro. Lo mejor fue cuando el minotauro nos demostró que además era un experto con las armas típicas de las mujeres kender, a las que sacaba tanto provecho y punta a base de retorcer las reglas como a las de minotauro. La cosa estaba tan descompensada que el resto de jugadores poco a poco abandonamos la partida, hartos de ser incapaces de jugar. Esta triste historia, real como todas las que cuento en este apartado, tiene varias moralejas.

La primera de todas es que no todo el mundo es compatible en una mesa de juego. Hay gente que puede ser muy amiga tuya fuera, pero que cuando se ponen a jugar se convierten en unos monstruos que no hacen otra cosa que reventar partidas, molestar al resto de jugadores o intimidarlos (como en este caso) para salirse con la suya. A veces es mejor decir NO, y no jugar con ellos. Si, se que la amenaza de un golpe de kung fu es muy poderosa. Nuestro grupo de juego acabó disuelto en parte por los problemas con aquel munchkin matón. Pero a la larga creo que he sido más feliz sin aquella gente en mi mesa de juego. Al menos he vuelto a divertirme con el rol.

La segunda, que comentaba Lordrommer en el anterior Impactos, es que a veces una habilidad descompensada en manos de un jugador puede arruinar la partida. En este caso, el minotauro y sus capacidades de combate dejaron al resto del grupo sin oficio ni beneficio. El master acababa elevando el nivel de los desafíos para que el minotauro tuviese algún riesgo, lo que conseguía que el resto del grupo acabásemos inconscientes mientras él hacía todo el trabajo, cosechaba experiencia y como buen munchkin, se quedaba el tesoro que por supuesto no compartía ("Los he matado yo..."). El master podía haber tenido mano izquierda y presentarnos retos de otro tipo (no sólo físicos) para tratar de integrar al resto del grupo, aunque reconozco que era complicado (de nuevo la amenaza de un golpe de kung fu pesaba sobre él). Lo que quiero resumir es que a veces los narradores tenemos que reconducir las escenas para dar mayor protagonismo a un grupo, cuando hay una habilidad o ventaja por parte de un personaje que lo desequilibria. Pero esto, se hace para tratar de reequilibrar la balanza y que todos los jugadores disfruten, no como castigo, ni para el goce personal del master al ver como se desesperan los jugadores cuando ven que sus habilidades y aptitudes no sirven.

La tercera es que cuando las reglas son inciertas, la clarificación debería darla el narrador sin presiones por parte de los jugadores. A mi juicio lo mejor es no permitir algo que puede arruinar la partida. O saber al menos rectificar y deshacer el entuerto de una manera elegante (como ya hemos visto en otros artículos).

4 comentarios:

  1. De todas, esta es la que mas me ha asombrado O.o

    Ese jugador del minotauro ... en fin...

    Gracias por responder a la peticion :)

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  2. Tio, le decis que no lo quereis, y si os amenaza, entre todos le dais la paliza de su vida.

    Me cachis en la leche, este es el tipo de gentuza que dió nombre a una entrada de mi blog.

    Menos mal que ya no sufres dicho martirio.

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  3. El Diabólico Doctor12 de mayo de 2011, 2:13

    Veamos, entiendo que esto ha sucedido en algún momento en que todos los "participantes" en esta anécdota fueran muy, muy jóvenes, porque si no me resulta incomprensible.

    ¿Un jugador que amenaza físicamente y llega a golpear (siquiera en broma) a otro? Completamente intolerable. Se para por completo la partida (o cualquier actividad que se esté desarrollando, vamos), se le expulsa de ella y ya se jugará en otro momento y sin él, sencillamente.

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  4. Pues si, éramos bastante yogurines y compañeros de instituto, por lo que "alejarnos" de aquella persona era complicado... Pero bueno, es un caso extremo que no deja de ser anecdótico, pero que ilustra muy bien lo que acabas de decir. Hay gente con la que no se puede compartir una mesa de juego. Es mejor decir "basta" y perder el jugador (y a veces el amigo) que convertir el juego en un suplicio y no disfrutarlo.

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