Lobo el Cazador, Capítulo II

Extraños sueños poblaban la febril mente de Lobo. Su cuerpo parecía caer en un abismo de hielo y fuego que se transformaban en las fauces de una gigantesca serpiente. Gritaba, pero no tenía garganta. Luchaba por zafarse, pero no tenía brazos. Miraba su reflejo en los dorados ojos de la criatura, hasta descubrir que él mismo era una sinuosa serpiente de ojos dorados.
Y de pronto se encontró desnudo en un lugar desconocido. Caminó por un páramo desierto plagado de extrañas figuras translúcidas. No crecía ninguna planta ni escuchó sonido de ningún animal.

En medio de aquel tormento donde el día y la noche no tenían sentido, Lobo encontró un hombre anciano. Su piel era arrugada y curtida por el sol de muchos años, su cabello, escaso, era blanco como la nieve. Vestía una capa de piel de leopardo, adornada con plumas de colores vivos y atada en su cuello con un lazo de cuero adornado con colmillos de oso. Estaba sentado en el suelo y su aspecto se asemejaba al de un viejo buitre esperando su turno para saciarse. Lobo conocía bien a aquel hombre, que le inspiraba miedo y devoción a la vez. Aquel hombre era Mugh-Ta, brujo, hechicero, curandero y sacerdote de los Uthar. Se acercó a Lobo en su sueño.

-El Sol brilla sobre tu cabeza, joven Lobo.

-Y que brille sobre la tuya y la de tu familia, Mugh-Ta.- respondió con la cortesía adecuada en su delirio el guerrero. -¿Estoy muerto? ¿Es esto el Inframundo?

-No has muerto, guerrero. -Se acercó a él y lo golpeó con su cayado en la frente.- ¡Despierta!

El sueño cesó. Lobo escuchó el crepitar de un fuego y el borboteo familiar de una olla. Susurros de una voz femenina que no conocía, y luego la grave y cavernosa voz del brujo. Abrió un poco los ojos y lo encontró allí. Mugh-Ta estaba inclinado sobre él, sosteniendo su viejo bastón cerca de su frente.

-Ha despertado. -Proclamó.

Un júbilo de gritos se alzó fuera de la choza en la que se encontraba. Lobo yacía envuelto en pieles junto a un fuego donde una olla desprendía un agradable aroma a estofado. Las paredes de madera estaban cubiertas con pieles y en numerosos estantes se apilaban pergaminos, tablillas de arcilla, pócimas, ungüentos y algunos aparatos que sólo un brujo sabría catalogar. Lobo trató de incorporase, pero el dolor recorrió su cuerpo y lo obligó a tumbarse de nuevo, tosiendo.

-No te levantes. -Dijo la voz desconocida. Lobo giró su cabeza para encontrar a una hermosa joven que molía hierbas sobre una corteza. - Aún estás débil y tus heridas no están sanadas.

El cabello, rubio trigueño, caía en tirabuzones sobre sus hombros. Sus ojos, fríos como una mañana de invierno eran jóvenes e inquietos. El rostro estaba salpicado de pecas que le daban un aspecto entre inocente y astuto. Al guerrero le costó reconocer en aquella hermosa mujer a Alyanne, la nieta de Mugh-Ta. Lobo evocó en su mente todas las veces que habían jugado juntos de niños. La flacucha niña a la que tiraba de las trenzas ahora era una hermosa mujer de caderas redondeadas y pechos generosos. Habían pasado muchos años desde la última vez que la vio, cuando los padres de Alyanne habían muerto a manos de saqueadores Taryos. Desde entonces la joven había permanecido con sus parientes en el norte, pues era la nieta menor del rey de los Alanos, muy querida en aquel lugar.

-¿Han sido tus manos las que me han sanado? - preguntó Lobo.

-Yo curé tus heridas, matador de dragones, pero fue mi abuelo quien te arrebató de las garras de la muerte.

-A ambos os doy las gracias...

-El veneno que te inyectó la bestia es poderoso, tardarás en recuperarte del todo...-añadió Mugh-Ta. El viejo se levantó con dificultad y abandonó la choza con pequeños pasos.

-¿Cómo he llegado aquí?-preguntó Lobo

-Los cazadores te encontraron muy malherido tras matar al dragón. Los dioses deben tener algún destino para ti... cualquier otro habría muerto de esas heridas. - Lobo quiso hacer más preguntas, pero ella rozó sus labios suavemente con la yema de los dedos. - Ahora come.

Y Lobo, regocijándose por estar vivo, comió y bebió hasta que el cansancio le venció y cayó dormido. Esta vez, libre ya de pesadillas, su sueño fue reparador.

El Sol se había alzado y había descendido sobre el horizonte una docena de veces antes de que Alyanne permitiese a Lobo abandonar la choza. Durante aquel tiempo muchos habían ido a visitar al gran Lobo, el Matadragones. Había contado la historia al menos un centenar de veces, con emoción al principio, que se había tornado en monotonía con los días. Lobo no encontraba reposo postrado en un catre. Necesitaba salir, sentir la lluvia sobre su rostro, el viento meciendo su negra cabellera. Se había sentido como un animal enjaulado. Y lo que era peor, sentía un profundo dolor. Un dolor que no provenía de sus heridas, era algo interno, que le abrasaba. Un feroz deseo que le impedía pensar con claridad.

Había comenzado a sentirlo, débil al principio, cuando Alyanne venía a prepararle la comida y él la observaba en silencio. Había ido a más durante las largas noches que pasaron conversando, y ella le contaba como era la tierra de los Alanos y Lobo sonreía y escuchaba cada palabra como si fuese mágica. Habían hablado de viejas canciones y mitos, del cielo, de las estrellas, habían reído juntos y compartido el silencio ¿La amaba? Creía que sí. Porque ansiaba hacerla suya, besarla y estrecharla en sus brazos.

Era por eso que había insistido tanto en abandonar la choza de Mugh-Ta. Él era solo un guerrero mientras que ella era la heredera de Mugh-Ta y nieta del rey de los Alanos, una sacerdotisa y princesa completamente fuera de su alcance. Lobo sabía muy bien cual era su posición, un cazador joven que se sentaba aún en la mesa de los solteros en el gran salón, sólo por encima en posición a los labradores y a las mujeres. Además había escuchado los rumores de que Lyrass, el hijo del rey Thorbal la pediría en matrimonio en la fiesta de Primavera. Aquello hacía que hirviera su sangre, pero nada podía hacer al respecto. Era lo que era y no podía cambiarlo. Salió sumido en estos oscuros pensamientos y se encontró con el viejo Mugh-Ta, que fumaba en pipa sentado junto a la puerta.

-Recuerdo el día que naciste. -le dijo a modo de saludo.- Era una noche terrible, Avar, el dios de la tormenta descargaba su furia sobre nuestro pueblo. Tu madre estaba en mi tienda, mi hija aún vivía y la atendía en el parto. Fue un parto duro, muy largo. Tu padre esperaba nervioso en el gran salón. El resto de guerreros hacían bromas para tratar de distraerlo. La noche parecía eterna y el viento soplaba con fuerza y hacía temblar la casa. Sonó un trueno, se escuchó el lejano aullido de un lobo en el bosque. Y entonces naciste tú. Los lobos comenzaron a aullar en las montañas cercanas, enloquecidos por la furia de la tormenta. - Hizo una larga pausa para fumar.- Hicimos llamar a tu padre. Cuando llegó, te levantó por encima de su cabeza, mostrando a todos los guerreros a su hijo.

"¿Escucháis como aúllan? Llaman a uno de los suyos. Pues mi hijo será un lobo, un cazador, un guerrero de los Uthar."

-¿Y mi madre? - Preguntó el guerrero sonriendo. Ya conocía la historia, pero le encantaba escucharla de los labios del viejo brujo.

-Tu madre había perdido mucha sangre en el parto. Hubo complicaciones. Te tuvo en sus brazos hasta que su vida se apagó. Pero marchó tranquila a los salones de los ancestros. Tu padre te bautizó como Lobo, y te confió a este poderoso tótem. Sin duda te acompañaba cuando te enfrentaste al dragón.

-¿Era un dragón Mugh-Ta? Creía que lanzaban fuego por las fauces...

-Y así era... lo que tu mataste era un degenerado despojo de lo que antaño fue una raza noble, fuerte y terrible. Perseguidos, cazados, arrojados a la oscuridad del Inframundo, poco a poco su raza fue decayendo en el atavismo, hasta quedar reducida a la abyecta bestia que encontraste en aquella cueva. Pero si, hijo mío, era un dragón.

Lobo se sentó junto al viejo durante un momento. Con Mugh-Ta los silencios no eran incómodos. Junto a él se respiraba un aura de antigüedad y grandeza. En las arrugas de sus ojos podía leerse la huella del paso de decenas de inviernos, en su mirada astuta podía intuirse una sabiduría oculta, la de aquellos que son capaces de ver más allá de lo que para la mayoría es evidente.

-¿Te marchas muy lejos?-preguntó el brujo.

-No, unos días al bosque... necesito recuperarme.

-Hacen falta muchas noches para curar la herida que te atormenta, y no siempre es posible.- el viejo puso su mano en su hombro.

-Tan... ¿evidente es...? - preguntó Lobo un poco aturdido.

-Lo que es, es... y si miras bien ahí está. Ayuda a este viejo a levantarse - Lobo lo ayudo a levantarse. Cuando ya entraba en la choza se giro y añadió antes de marchar – El ardor de la juventud a veces hace que las cosas no se vean con claridad, impidiendo diferenciar lo que se ama de lo que simplemente se desea.

Así quedó Lobo pensando en las palabras de Mugh-Ta. Después recogió sus cosas y marchó al bosque.

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