Lobo el Cazador, Capítulo I.

Siguió las huellas del puma por la hondonada hasta llegar al lecho de un riachuelo cuyas aguas cantarinas bajaban brincando desde los picos lejanos de las montañas del norte. Cualquier otro habría perdido el rastro, pero él no. Se agazapó en el suelo, comprobó que la dirección del viento no le delataba. El puma era un rival peligroso que podía dejar de ser presa para convertirse en cazador en cualquier momento. Y el guerrero lo sabía. Se había separado del resto de la partida de caza, que habían empujado al felino en esta dirección.

Lo habían perseguido mas allá del bosque que marcaba el fin de su territorio y sólo unos pocos valientes habían continuado la persecución en aquella región desconocida. Miró a su alrededor con detenimiento. Los márgenes del río estaban flanqueados de altos juncos y espadañas afiladas como agujas. Saltó entre ellas con agilidad y se introdujo en el frío torrente. Su corazón palpitaba en su ancho pecho con la emoción del desafío mientras avanzaba con el agua helada hasta las rodillas. No podía perder mas tiempo esperando al resto, perseguiría a la bestia él solo.

Ascendió rápidamente por el torrente usando las manos para trepar en los tramos mas difíciles. El agua tonificaba sus músculos, cansados por el esfuerzo de alzar su vigoroso cuerpo entre las rocas y los quebrados del río. Y de pronto se detuvo. Había llegado a una pequeña charca, formada por un salto de agua que comenzaba varios metros sobre su cabeza. Al otro lado de la cascada, se intuía la negra boca de una cueva. El cabello de sus brazos se erizó. En aquel lugar no cantaban los pájaros sobre el murmullo del agua, no zumbaban las libélulas sobrevolando los nenúfares, no croaban las ranas en las orillas. Allí, en aquel lugar, no había vida. Hasta la frondosa vegetación estaba gris y marchita. Junto a la oscura y tenebrosa entrada yacían los esqueletos de varios animales de gran tamaño. A sus fosas nasales llegó el hedor de la descomposición y el metálico aroma de la sangre fresca. El puma que estaba persiguiendo yacía muerto en el lecho del río. Su vientre estaba abierto y su contenido sanguinolento desparramado a su alrededor. Aquella bestia había aterrorizado su aldea durante varias lunas, robando ganado e incluso aventurándose a atacar al hijo menor de Hoffel. Y ahora estaba allí, desmadejado y muerto como una vulgar alimaña. Sintió una punzada de miedo, no el miedo a la muerte o a la batalla, sino algo mas profundo. Un miedo ancestral que nacía en lo mas profundo de su alma, un miedo mas antiguo que el hombre, mas antiguo quizá que aquellas montañas.

Y de pronto los vio. Ocultos tras el salto de agua, dos ojos reptilianos le observaban en silencio. Unos ojos ambarinos rasgados por una pupila negra como la noche. Poco a poco la cosa tras la cascada avanzó, sacando de la cueva una enorme cabeza de serpiente, rematada por una terrible cornamenta de alce. Sus escamas destellaban como esmeraldas bajo el sol. El guerrero retrocedió y estuvo a punto de perder pie, pues tras de él, el río caía sobre las afiladas rocas. La criatura avanzó despacio, sin dejar de observar fijamente al hombre que se erguía aún orgulloso frente a ella, como un ratón que se enfrenta a una serpiente. Sin ceder mas terreno, observó aquella obscena monstruosidad, su cuerpo de serpiente era largo como el de un caballo, las patas de lagarto rematadas en garras afiladas como los colmillos de un dientes de sable, la cola larga y ancha como el muslo de un hombre adulto.

Dejó caer la lanza, liberó la vaina de su espada atada a su espalda, y con un suave movimiento desenvainó la ancha y afilada hoja. Si había que morir, Lobo el Cazador, de los Uhtar, tendría la muerte de un guerrero.

Trazó un semicírculo hacia su derecha, chapoteando aún en las frías aguas de la charca. Sus ojos fijos en los dorados globos oculares de la criatura, que parecían contener dentro un fuego antiguo, una abrasadora llama que sólo podía provenir del mundo de ultratumba. Y entonces la criatura atacó. Lanzó su poderoso cuello adelante tratando de morder al hombre. Lobo saltó a un lado con agilidad y lanzó un tajo cruzado con su espada. Un espeso icor negro le bañó al hacer estallar uno de aquellos ojos y el bramido de aquel ser de pesadilla le perforó los oídos y martilleó directamente su cerebro. Cayó de rodillas, aturdido y conmocionado. No vio venir la cola de la criatura,que como un tronco de árbol le golpeó en el pecho y le lanzó contra las rocas.

El dolor de su pecho era insoportable, saboreó la sangre en sus labios. Aceptó que era el final. Roto entre las rocas su cuerpo, nada podía hacer contra aquella bestia. Su mano buscó su espada por reflejo. Sintió una punzada de paz al encontrarla y aferrar la familiar empuñadura de cuero. ¿Iba a morir allí? ¿Sin plantar mas batalla? No, al menos se llevaría a su enemigo al otro mundo consigo.

El cuello de la bestia se tensó de nuevo y chasqueando como un gigantesto látigo se lanzó sobre el indefenso guerrero. Y lo encontró esperándolo con la espada por delante, aferrada con ambas manos en un desesperado y heroico último gesto. La bestia halló su propia muerte al atravesar el acero su paladar y llegar a su cerebro. No impidió esto que sus colmillos quedaran fuertemente clavados en el cuerpo del guerrero.

Con un grito, Lobo soltó la espada y aplicando sus últimas fuerzas abrió la poderosa mandíbula que le atenazaba como un cepo. Aquellos afilados colmillos le habían apuñalado profundamente y su sangre corría por el poderoso pecho tiñendo de rojo el agua de la charca. Su mente estaba aturdida, como si todo ocurriera en un sueño. A lo lejos creyó escuchar a sus compañeros de caza, que le llamaban a gritos por su nombre. Nada de aquello ya importaba, sabía que sus heridas eran profundas y que pronto caminaría por el salón de sus ancestros, donde sería juzgado. Liberó su espada apoyando el pié sobre la inerte cabeza de la bestia. Respiró con dificultad tratando de reunir sus fuerzas, y de un poderoso tajo seccionó el ancho cuello. Recogió la enorme y bestial testa y asomándose al risco por que que había trepado la levantó sobre su cabeza con un último grito de triunfo... Y después se hizo la oscuridad.

1 comentario:

  1. Grandioso, simplemente grandioso. A ver para cuando el capitulo 2.

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