Jornadas de puertas abiertas en club da2

Un año más, desde el club da2, al sur de Madrid Capital, nos invitan a todos a disfrutar de su jornada de puertas abiertas el Sábado 10 de Mayo.


FAE Fantasy Little

https://drive.google.com/file/d/0Bydj5Np2MibBeE1FaHA0OVl1d0k/edit?usp=sharing
Si el pasado lunes liberábamos la aventura "Los Dioses de Bal-Sagoth", hoy liberamos un sistema de juego completo para poder jugarla inmediatamente. Se trata de una traducción y adaptación de FATE ACCELERATED EDITION (FAE) a la que hemos bautizado como FAE Fantasy Little y que incluye algunas pequeñas modificaciones sobre el original. 

FAE Fantasy Little se incluyó también en el CR-ROL Solidario de las Jornadas Ludo Ergo Sum de 2013. Y ya que estamos, aprovecho para comentaros que están buscando voluntarios para participar en la edición de 2014, aquí en el blog Rol the Bones





Los Dioses de Bal-Sagoth, una aventura para FAE

http://www.tierradelobos.net/outcasted/FATE/BalSagoth.pdf

Los Dioses de Bal-Sagoth es una aventura que se incluyó en el CD-ROL solidario de las Ludo Ergo Sum 2013.Tras unos meses, queda liberada y la pongo a disposición general del público :)

Se trata de una aventura basada en un relato de Robert E. Howard (tenéis información sobre este relato aquí) de espada y brujería al estilo de las aventuras de Conan el Bárbaro.

Podéis descargarla aquí.

EL JUEGO DE LOS VOR de Lois McMaster Bujold


La portada española

El juego de los Vor era un libro que me apetecía leer especialmente tras el buen sabor de boca que me dejó El aprendiz del guerrero, novela que se podría catalogar como su directa predecesora al menos en lo que a fechas de publicación se refiere. (Ya hablamos del aprendiz del guerrero aquí).

La primera vez que llegó El juego de los Vor a nuestro país fue de mano de Ediciones B (en su colección Nova) en el año 1993 aunque ha sido reeditada en varias ocasiones desde entonces y suele ser fácil de localizar en todos los formatos. En mi caso, fue una edición de bolsillo de Zeta la que cayó entre mis manos; un formato cómodo y con horrible portada que posiblemente llevará mal el paso de los años y acabará desencuadernado y con las páginas amarillentas (sobre todo si cuenta con muchas lecturas). Gajes del oficio, supongo.

En esta novela, la autora, Lois McMaster Bujold, nos sitúa unos años después de los acontecimientos de El aprendiz del guerrero y utilizará de nuevo a su indiscutible protagonista, Miles Vorkosigan, como personaje principal de esta nueva aventura. Aunque ambas historias parecen continuaciones directas, es conveniente recordar que no es así ya que existe un relato corto llamado Las montañas de la aflicción, que sitúa su trama entre las dos. No obstante, el no conocer esta historia intermedia no supone ningún problema a la hora de disfrutar de El juego de los Vor, así que invito a los interesados a prescindir del relato si no lo localizan y embarcarse directamente en esta aventura de Miles sin ningún miramiento.

Aquellos maravillosos años...

A raíz de una entrada de blog  que ha compartido +Zonk PJ Demonio Sonriente , he tenido un cierto ataque de nostalgia que me ha hecho pensar mucho en eventos del pasado y en cómo veía el mundo los juegos de rol. Hoy vivimos lo que algunos llaman la "Segunda edad dorada del rol", hay decenas de jornadas, se publican grandes novedades todos los meses. No siempre fué así. Primero, una de batallitas, y luego, una reflexión.

Yo comencé a jugar a los 11 años creo que por el año 1990, más o menos,  a través de un compañero de colegio que llevó a clase un D&D de Dalmau. Yo ya era un ávido lector de librojuegos y jugador compulsivo de HeroQuest (el de verdad :P). El que jugáramos en el colegio no supuso un problema para los profesores. De hecho la profesora de ciencias sociales nos hizo alguna vez fotocopias de las hojas de personaje. A fin de cuentas éramos chavales con buenas notas que estábamos tranquilos jugando a un juego en un aula en vez de fuera haciendo alguna trastada. La afición pareció expandirse rápidamente aquellos años y en un abrir y cerrar de ojos había dos o tres grupos de juego en mi barrio. Jugábamos a D&D, El Señor de los Anillos, Ragnarok, Aquelarre, Rolemaster (recuerdo que lo compramos en el Corte Inglés de la Castellana, porque sí, vendían rol en los grandes almacenes) y cada día descubríamos nuevos juegos, revistas y jornadas. Y así pasamos 3 años felices donde jugábamos y nos dejaban jugar. A nadie le extraba que un grupo de chavales pasaran la tarde en la mesa de la cocina rodeados de libros y bolsas de aperitivos.

Hasta 1994, hace ahora 20 años. Aquí la cosa se torció y pasamos de ser "esos chavales de los libros y los dados" a "esos chavales raros y peligrosos". Javier Rosado, ayudado por otros, cometía un espantoso crimen que se vinculó (como más tarde se vió de forma errónea) a un juego de rol en vivo. El periodismo amarillo y los reportajes sensacionalistas hicieron un daño casi irreparable en la imagen de los juegos de rol. En una sociedad donde la televisión era la máxima autoridad y sin otras fuentes de información, nos convirtieron en "el hombre del saco". Cualquier crimen extraño era automáticamente atribuido al comodín de "un macabro juego de rol". Abundaron los reportajes sesgados, manipulados claramente y editados para hacernos parecer lo que no éramos. Y durante muchos años parece que en la comunidad rolera era tabú hablar de este tema e incluso parecía que había que evitarlo como la peste.Yo pienso que no es un tema del que debamos avergonzarnos. Precisamente porque nosotros fuimos, en parte, víctimas colaterales. No frivolizo, aquel asesinato abyecto sesgó la vida de un hombre. Pero nosotros, ajenos a todo aquello nos convertimos de pronto en víctimas de una persecución mediática que nos condenó al ostracismo y que llevó a situaciones absurdas como las que contaré más adelante. Víctimas de una serie de personajes sin escrúpulos que por morbo, audiencia y dinero, vertieron sobre nosotros ingentes cantidades de insidias. Pero llamémoslas por su nombre castizo: MIERDA, mierda cuyo olor a pesar del paso de los años, no termina de desaparecer.

Cuando mis padres me llamaron para que viera en las noticias del telediario las informaciones del "crimen del rol" no podía creerme lo que estaba ocurriendo. Las cosas se pusieron complicadas cuando los padres de algunos amigos les prohibieron jugar conmigo. La paranoia se extendía y de pronto algunos nos quedamos aislados, estigmatizados y señalados por padres y profesores. Era absurdo. Era absurdo porque preferían creer el morbo que les vendía la televisión que detenerse 5 minutos a leer alguno de aquellos manuales o asistir a alguna partida. Era absurdo porque el señor de la tele que nunca había abierto un libro de rol era un experto y tú que llevabas años jugando, eras sólo un mocoso que no entendía nada. Y así algunos capitularon y dejaron los dados. Y otros pasaron a la clandestinidad. Perdonad el tono romántico de novela, es mejor que decir que aquello fue una puta mierda y que de pronto te señalaban con el dedo como si fueses una especie de monstruo y algunos decidieron que era demasiado. A lo largo de aquellos años muchos fueron dejando los dados e incluso negando haber jugado alguna vez. Aunque algunos, años más tarde, en la extraña intimidad de un atestado bar y frente a un par de cervezas, anhelaban aquellos tiempos en los que cabalgaban dragones, pilotaban naves espaciales y salvaban el mundo...

Ya en el instituto me integré en una nueva pandilla. Yo me había negado a esconderme o a ocultar mi cada vez mayor pasión por los juegos de rol ¡Yo no había hecho nada malo! Así que un día me dijeron que les apetecía jugar y me decidí a hacerles una partida. Llevé un libro al instituto para que lo vieran y para hacer los personajes durante el recreo. Y como por arte de magia, en una rocambolesca cadena de despropósitos, acabé teniendo que comparecer frente al director y la jefa de estudios para dar explicaciones sobre qué estaba haciendo. Con el manual confiscado preventivamente como si se tratase de algún arma peligrosa. El director, a pesar de las objecciones de la jefa de estudios me escuchó, leyo por encima el manual y me lo devolvió sin decir nada. A pesar de eso, el rumor ya me había marcado socialmente. Ir a hacer los deberes, o participar en un trabajo en casa de un compañero implicaba la típica charla explicando que no había matado a nadie y que no tenía intención de hacerlo frente a las desaprobadoras miradas de una madre que posiblemente veía más televisión de la recomendada.

Era esa época en la que a uno le da por salir por ahí. Esa época llena de hormonas donde cualquier ocasión de conocer (en el más amplio sentido de la palabra) a miembros del sexo opuesto era buena. En nuestro grupo alternábamos las salidas a bares y pubs con las partidas de rol. Pronto comprobamos que decirle a una chica que jugabas a rol era una manera segura de destruir tus posibilidades de un poco de acción labial, no sé si me entendéis... Pero claro, yo no estaba dispuesto a mentir sobre quién era. Y así, me encontré un día tratando de explicarle a una moza de buen ver que aquello del rol no consistía en limarse los dientes y cortarse en las orejas como le había dicho su primo. Pero claro, que sí, que se lo había dicho su primo que lo había escuchado en 'nosedonde' y que tú, que llevabas años en eso no tenías ni puta idea o tratabas de engañarla con algún extraño propósito, lo que reafirmaba que eso del rol era malo, satánico, etc, etc. Obviamente no ligué aquella noche. Aunque tampoco sería justo decir que encontre a lo largo de los años, a mucha gente que me escuchó y que cambió su opinión.

Cuando parecía que los ecos del crimen del rol eran historia, un chaval con graves problemas familiares y un transtorno de psicosis epiléptica cometió un crimen con una espada que le habían regalado. El "Asesino de la Katana" trajo de vuelta a los viejos demonios y a nuevos tertulianos y expertos que pronto atribuyeron a los juegos de rol y los videojuegos la responsabilidad en un crimen que una pluralidad de factores psicológicos y sociales explicaban completamente. Y durante algunos meses volvieron los malos tiempos... Pero no me voy a extender más en aquello. Fin de las batallitas.

Las secuelas de aquellos años pervivieron mucho tiempo. Aún hoy algunos esconden su faceta de jugadores por ser algo fuera de lo normal, no aceptado socialmente que creen que puede afectarles negativamente en sus trabajos o entornos. Ojo, no les culpo. Aunque la sociedad ha cambiado y es mucho más abierta, los ecos de aquellos actos aún perviven en la memoria de muchos que siguen asociándonos a prácticas extrañas. ¿Cómo creo que podemos soluciarlo? Siempre lo he dicho. No escondiendiéndonos, mostrándonos tal y como somos, permitiendo que se nos vea y que aquellos que son excépticos vean con sus propios ojos y saquen sus propias conclusiones. Cuanto más visibles seamos, cuanto más normalizada esté nuestra afición, menos desconocimiento, habladurías y problemas de aceptación tendremos.